Gente de la noche...


Por Leandro Oberto 2 min de lectura

Siempre he odiado y criticado a Buenos Aires y a las grandes ciudades del mundo. Están muy contaminadas, te producen agobio, sus habitantes están casi siempre histéricos y acelerados, hay demasiado ruido que no te deja pensar, perdés mucho tiempo desplazándote de un lugar a otro… Y sin embargo, con el correr de los años me voy sintiendo más y más adicto a Buenos Aires y las grandes ciudades.

Una vez que te acostumbrás a la aceleración y te sincronizás con el ruido frenético de la ciudad y su vida múltiple e infinita, es imposible no sentir que todo el mundo está en cámara lenta cada vez que salís y te dirigís a una ciudad chica. Tal vez los que vivimos en las grandes ciudades del mundo estamos meramente corriendo en círculos, engañados de que estamos haciendo algo, pero es una sensación muy particular que te hace sentir vivo.

Buenos Aires es, a los ojos de sus habitantes, infinita: es tan grande que para cuando termines de recorrerla ya va a haber cambiado por completo lo primero que viste.

Está siempre viva, no duerme nunca, no importa qué trabajo hagas o cómo quieras divertirte, siempre vas a encontrar muchas otras personas que compartan tus horarios y gustos. La gente, aunque tiene menos tiempo de pensar, está menos agarrada a tradiciones y más abierta a innovar, no en vano todos los grandes cambios y revoluciones empiezan aquí. De hecho, se supone que los líderes viven en las grandes ciudades porque de ahí se dirige el mundo… Si bien la realidad es probablemente que nadie tiene verdadera influencia en el mundo y en los demás, estar rodeado de la energía de gente que cree que está cambiando o dirigiendo (ya sea para bien o para mero beneficio propio) el mundo es interesante. En las grandes ciudades está todo construido y sin embargo hay oportunidades. Te envuelven de forma que esto parece el centro del universo…

Sí, es todo una locura, una imbecilidad, pero pocas cosas te hacen sentir así de vivo.