Qué estás dispuesto a perder?


Por Leandro Oberto 2 min de lectura

Esa frase retumba en mi mente una y otra vez… Miro por la ventanilla del avión la estepa siberiana, fría y desolada. Sobrevolando Rusia, a algo más de diez mil metros del suelo, es fácil lograr esa desconexión de la cotidianeidad que tan difícil se nos hace en otros momentos. Voy camino a casa, volviendo de Tokyo una vez más. Ya ni siquiera me sorprendo de lo familiar que me parece. Pienso que el año que viene Ivrea y Lazer estarán cumpliendo 10 años de presencia en los kioscos y librerías. Sin embargo, es por estas fechas cuando se cumplen 10 años de cuando comencé a trabajar en la creación de todo esto. Como entonces siento mi vida envuelta en espesos nubarrones de tormenta que no me dejan entrever qué hay en cada dirección. Como entonces fantasías de estabilidad se pasean por mi mente, la mente de alguien que ha hecho del cambio lo único estable de su vida. ¿Está en mi naturaleza la esencia de un ser eternamente a la búsqueda de ese algo que todavía no encontró? ¿Sólo puede ser feliz aquella gente que se siente cómoda en la rutina? ¿Podría ser feliz trabajando en una disquería de un pueblito de Europa? Sin stress ni ambiciones, yendo y volviendo por el mismo camino de mi casa al trabajo todos los días… comprando el diario todas las mañanas en el mismo kiosco mientras saludo al diariero y le pregunto por su familia… Haciendo un alto al mediodía para ir caminando hasta la plaza de la ciudad y, mientras mastico un sandwich caliente, ver desde la colina los trenes pasar y las hojas de los árboles cambiar de color con el correr de las estaciones del año… Tomando un café a la tarde siempre en el mismo bar de la esquina… volviendo a la noche y cenando con mi mujer e hijos mientras miramos televisión… y finalmente dormirme abrazado a mi esposa… ¿Sería feliz así? Como entonces la respuesta es: “no, ni en pedo”. Como entonces es una respuesta insuficiente para disipar los nubarrones. Como entonces saber lo que uno no quiere es infinitamente más fácil que comprender lo que sí quiere. Pero esta tormenta, este monzón, es ahora un viejo conocido. Ya no me atemoriza, sé que en sus negras formas se esconde el amanecer de una nueva edad. Ahora no la veo, pero está ahí simplemente esperando a que me banque que llueva todo lo que tiene que llover para que estas nubes desaparezcan y pueda encontrarla.

Leandro Oberto Editor