Más orgasmos, menos guerras
Caminando por la calle, viendo caras, gestos y actitudes a veces me pregunto cómo sería un mundo donde las cosas fueran distintas y la gran mayoría se sintiera plenamente satisfecha con su vida sexual. Me cuesta imaginarlo con exactitud, pero de algo estoy seguro: sería un mundo más amistoso, sería un mundo más calmo y sereno. Sería un mundo donde seguramente a uno los desconocidos le hubieran hecho menos maldades a lo largo de la vida y donde muchas agarradas a puteadas no hubieran pasado nunca.
Sumergidos en nuestra compleja sociedad humana, rodeados de tantos estímulos y preocupaciones olvidamos muy seguido que en el fondo seguimos siendo animales. Y que si bien nuestra inteligencia haya hecho que obtengamos grandes placeres equivalentes a los más primitivos a través de lo mental, estos placeres en ningún modo pueden suplir la carencia de los de origen netamente animal.
En otras palabras: un polvazo de una hora siempre te va a poner de mejor humor que ir a cenar a ese restaurante súper refinado y caro que siempre quisiste o que comprarte ese muñeco japonés que no conseguías. Solamente las actividades creativas y de competencia pueden conseguir efectos similares, pero nadie parece poder ser feliz únicamente con esos placeres mientras que todo indica que sí se puede con solo los otros.
En resumen, siento que cuanta más gente acepte su propia humanidad y el peso del sexo, más posibilidades tendrá este mundo de ser mejor. Sería hora de que nos volcáramos masivamente a poner la inteligencia en pos de una sexualidad creativa, variada y capaz de evolucionar y no estancarse. Mi intuición me dice que tendríamos un mundo más agradable.
Ahora, el drama es que el 90% de los presidentes y gente que dirige este planeta me juego que, ya sea por su vejez o por su estrés, no tiene ni remotamente una vida sexual zafable. Y bueno, así va cagado nuestro mundo después…
En Berlín, momentos antes de que una nevada no dejara ver ni a cinco metros - Enero de 2007