El Manga
El pan nuestro de cada día
Increíblemente, a lo largo de los diez años que lleva esta revista, se habló de cientos de series y mangas pero nunca de la historia propia del medio y de la industria multimillonaria que mueve en su país natal y en el resto del mundo.
Al igual que las respuestas a los enigmas más profundos, los orígenes del comic japonés pueden rastrearse hasta el budismo antiguo. Una pintura particular del siglo doce, dibujada por el monje Toba, es considerada por todos los eruditos como el inicio de la tradición manga. ¿Qué tiene esta imagen tan emblemática para ser considerada la piedra fundamental? ¿Un Goku Super Saiya? ¿Una marinerita mágica? ¿Una colegiala siendo violada por un demonio de nueve pijas como tentáculos? No, es una escena medio cómica de animales actuando como humanos. Así es, el big bang de la industria de narración gráfica más importante del planeta es nada menos que la contraparte oriental y antigua de un cuadro moderno de perros jugando al Póker… El timing lo es todo…
La revolución que marcó este cuadro fue que la gente empezó a darse cuenta que el arte podía ser también una forma de entretenimiento, así que se empezaron a producir diferentes dibujos cómicos, caricaturas, situaciones curiosas y, obviamente, escenas porno (ahora famosas en occidente pero que incluso hoy no pueden reproducirse completamente en Japón por la censura a los genitales).
Sorprendentemente, la palabra “manga” no llegaría sino hasta siete siglos después, de la mano de uno de los artistas más conocidos del archipiélago: Hokusai (el del grabado del Tsunami). Él había usado el término en 1814 para describir una serie de 15 tomos de recopilaciones de bocetos y dibujos que “fluían casi involuntariamente” de su cabeza al papel, retratando personajes históricos, deidades, demonios, plantas, animales, edificios, etc. Justamente, traduciendo literalmente el término, “man” significa “involuntario” y “ga”, “pintura”.
Esta nueva corriente evolucionó en el Ukiyo-e, donde ya se presentaban varias pinturas con una continuidad entre ellas y finalmente terminaron en una de las primeras revistas de la época. En 1862 comenzó a editarse la publicación The Japan Punch donde muchos dibujantes trataron de adoptar aspectos de los comics europeos, como ser el uso de la línea en vez de pintar formas y también la inclusión de globos de diálogo. Así nació el Ponchi-e (se mataban con los nombres de los estilos…). Para principios de 1900, los cuadros se habían reducido a cuatro, creando las ahora tradicionales tiras cómicas 4-Koma, al mismo tiempo que los autores destacados decidían unir fuerzas y fundar la asociación Nippon Mangakai. En 1946, en un diario escolar de Osaka, debutaba una tira cómica 4-Koma en clásico estilo Ponchi-e, llamada “El Diario de Ma-chan”. Su autor, un pibe de 17 años de nombre Osamu Tezuka…
“El Diario de Ma-chan” se volvió un éxito instantáneo, convirtiéndose al poco tiempo en una publicación independiente. Al terminar esa historia, en 1947, Tezuka reveló que ya tenía una segunda obra lista para reemplazarla. Así se editó Shin Takarajima (La Nueva Isla del Tesoro), el cual era un manga de acción y aventuras basado en la famosa novela de Robert Louis Stevenson. Con esta obra, Osamu consiguió la fama en todo el país, vendiendo nada menos que cuatrocientos mil ejemplares y cementando las bases del manga moderno.
Lo llamativo de Tezuka, para la época, era que había logrado una síntesis de las mejores tradiciones artísticas de Japón, combinadas con una economía de expresiones (los ahora infaltables ojos grandotes inspirados en Mickey y Donald) y un ritmo narrativo que había tomado de las escuelas occidentales. Tezuka se instruyó mucho tiempo en los estudios de Disney, los cuales irónicamente terminaron robándole a él en 1994 con El Rey León. Este robo fue justamente a la obra que le abrió las puertas del mundo a Tezuka en 1950, su primer manga largo, Jungle Taitei (conocido acá como Kimba, el León Blanco).
Su éxito había disparado un crecimiento enorme del mercado del manga en Japón durante los ‘60 y ‘70. Fue en este momento cuando Tezuka empezó a crear comics para adultos, incluyendo violencia y erotismo en historias mucho más maduras. Así estableció definitivamente al manga como un medio narrativo masivo, accesible para cualquier persona sin importar edad o gusto; cualidad que básicamente nunca tuvieron los comics occidentales y que años después le permitiría conquistar el resto del globo. Osamu Tezuka pasaría así a convertirse no en el padre honorario de este medio sino, literalmente, en el dios del manga…
En medio de este desarrollo de la industria, se pudieron diferenciar dos formas específicas de comercialización: la venta de revistas y el alquiler de libros. Pero por otro lado estaban los Gekiga (“geki-” siendo ‘dramático’, en oposición al “man-”), cómics que se publicaban en tomos que serían después alquilados por la gente en diferentes locales. Los gekiga no tenían fechas de cierre acogotantes y, por lo tanto, le permitían a los autores realizar dibujos más elaborados y realistas. Si bien los mangas de alquiler terminaron siendo absorbidos por la industria de serialización, la idea de que se le podía dar más tiempo a los autores, ya fuera creando publicaciones mensuales o simplemente no obligándolos a publicar siempre; permitió que el medio en general creciera mucho a nivel artístico y narrativo. Así la palabra gekiga dejó de estar asociada al alquiler y pasó a referirse a una corriente alternativa de mangas no-caricaturescos. Los ejemplos más emblemáticos de los gekiga suelen ser Golgo 13, Crying Freeman y, por supuesto, Akira.
Para finales de los ‘70, Japón había elevado mucho su calidad de vida, por lo que ahora los chicos y, en particular, los adolescentes tenían mucha más plata a su disposición. Que los pibes tuvieran guita propia significaba que ya podían comprar los mangas por su cuenta, sin pasar primero por los padres. A esto se le sumó que los chicos que se habían criado con las primeras olas del manga ya eran jóvenes y demandaban cosas más adultas. Así el manga también empezó a convertirse en un producto con una veta rebelde, con historias que incluían violencia gráfica, situaciones eróticas, desnudos, lenguaje vulgar y chistes escatológicos.
El exponente más famoso (y el más zarpado) de esta corriente fue Go Nagai, el cual irónicamente sería reconocido después por Mazinger Z y otros robots gigantes mucho menos controversiales.
Hoy en día puede apreciarse a primera vista esta evolución de estilos, corrientes e innovaciones gracias a la fundación, en 1988, de un Museo Japonés del Manga con más de cien mil obras destacadas de la historia del medio.
Actualmente, la industria del manga en Japón está completamente estandarizada y masificada, a un nivel incomparable en el resto del mundo. La forma más simple de describirla sería viendo el camino que sigue un autor desde sus comienzos…
Si bien hay casos particulares, casi la totalidad de los autores modernos profesionales llegan a la industria por dos vías: una son los concursos de amateurs que todas las editoriales montan año tras año, a veces incluso haciendo un concurso específico por cada una de las revistas de serialización que publican para dividir a los participantes temáticamente ya desde el vamos; y la otra es por medio de scouts profesionales que se dedican a peinar el multitudinario mundo que es el doujinshi.
“Doujinshi” significa literalmente ‘revista de la misma gente’ y, antes de que fuera engullida completamente por el fandom y se volviera sinónimo de un manga amateur autopublicado, se usaba en los círculos literarios que emulaban estilos de escritura de otros autores famosos.
Desde finales de los ‘70, dos veces por año, se realiza el Comiket (abreviación de comic market) que puede llegar a reunir hasta a veinte mil artistas por evento. Si bien la mayoría de estas obras suele mostrar personajes de otros cómics, anime o videojuegos; las empresas que tienen los derechos (y por lógica serían las que se opondrían a dos de sus personajes conocidos cogiendo, por ejemplo) casi nunca objetan la venta de doujinshis ya que se considera que ayudan a la promoción de la obra original.
Mucha gente asume que los doujinshi son únicamente historias porno o gay de personajes conocidos dibujadas más o menos. La realidad es que hay muchas obras que son completamente independientes y de muy alta calidad. Los doujinshi no sólo son una gran herramienta para los scouts que buscan nuevos mangakas, sino que también han probado ser en muchas ocasiones una vía de escape de los propios autores profesionales para dibujar —bajo un nombre falso— parodias de sus propios títulos comerciales o cosas que no pudieron incluir en sus obras originales por decisión de la propia editorial.
Lo pornográfico tampoco es exclusivo de los doujinshis, ni mucho menos. Se estima que la cuarta parte de la totalidad de los títulos que se publican en Japón mes a mes es “hentai” (incluyendo no sólo el porno tradicional, sino el ahora clásico porno yaoi y las relaciones hombre adulto-chico joven tan populares entre las chicas). La mayoría de los artistas reconocidos de H-manga suele terminar trabajando en videojuegos porno o incluso haciendo historias eróticas en publicaciones más masivas. Los casos más famosos en la actualidad fueron el de Oh Great! (Tenjou Tenge) y el de Yuji Shiozaki (Ikkitousen/Battle Club). Antes de eso, pasan varios años bajo la tutela de otro profesional; que, a la más tradicional forma japonesa de maestro/discípulo, le enseña, por ejemplo directo, cómo es laburar en serio, al mismo tiempo que lo ayuda con su proyecto individual para su manga futuro. Así pueden hacerse verdaderos “árboles genealógicos” de mangakas y asistentes, viendo cómo cada mentor influyó en sus pasantes. La rama más conocida es la de Takeshi Obata (Hikaru no Go, Death Note), maestro de Nobuhiro Watsuki (Rurouni Kenshin), el cual a su vez adiestró a Eiichiro Oda (One Piece) y a Hiroyuki Takei (Shaman King). También hay casos en que los asistentes se terminan volviendo “asistentes profesionales”, trabajando como estudios que, por mucha guita, le sacan las papas del fuego a los dibujantes que se atrasan.
Pero como pasa también en la industria del cine con el director y el productor, el mangaka no es necesariamente la persona realmente responsable del éxito de un manga. El verdadero titiritero de todo, el que determina qué historia va y qué no, qué personaje funca, qué largo va a tener la serie, es otro: el siempre presente y nunca reconocido editor.
Ni bien un dibujante es contratado por una editorial, se le asigna un editor responsable por él. Es tarea de este tipo determinar si el mangaka tiene lo que hace falta para llevar a cabo la maratónica tarea de serializar un título. Así, por lo general, se mandan a hacer “one shots”, donde se pulen ideas y se ajustan personajes que luego se pasen a un manga serial; o donde se decide incluir a un “gensakusha”, un escritor que se encargue de la trama (y que por lo general se lleva el 50%).
En la actualidad, prácticamente la totalidad de las publicaciones de manga se hacen por capítulos de entre 20 y 40 páginas en revistas de serialización, las cuales pueden ser semanales, quincenales o mensuales. Las únicas excepciones a esta regla son los “kakioroshi” los cuales se publican directo en tomo. Entre las casi 150 mega revistas de manga que se publican en Japón la más famosa es el Shonen Jump de la editorial Shueisha. Estas revistas son tipo “guías telefónicas” de 400 págs. en papel reciclado de colores, conteniendo varios comics a razón de un capítulo cada uno.
En su mejor época (en 1995 con Dragon Ball, Slam Dunk, Kenshin y Captain Tsubasa), esta revista llegó a vender casi 7 millones de ejemplares por semana, número que ahora cayó a dos y medio, lo cual es muchísimo igual…
Como todos saben, cuando una serie cumple una cantidad específica de capítulos se recopila en un tomo de unas 200 páginas de mucha mejor calidad llamado tankoubon. En éstos, los mangakas también pueden agregar comentarios personales donde en el serial habría habido propagandas y así hablar de su vida, sus gustos o su tipo de sangre, algo muy importante entre los autores ya que suele determinar su personalidad artística (A es introvertido, B es aventurero, AB es orgulloso y O es adicto al laburo).
A medida que la serie se vuelve más popular, se suelen editar los “image album”, es decir recopilaciones de música que evoquen los sentimientos de la obra. Estos discos suelen ser seguidos por los “CD Drama”, donde un cast de voces actúa ciertas partes especiales de la historia, y que es tradicionalmente el paso previo a que se produzca la animación (que muchas veces conserva a los actores).
Cuando un manga que ya terminó fue particularmente exitoso, se suele editar, algunos años después, una versión deluxe de nombre “kanzenban”, con tapas especialmente dibujadas y todas las páginas a color que salieron durante la serialización. También suelen llamarse “aizoban” cuando, además de todo lo anterior, se trata de una edición especialmente limitada.
Pero no todo es lujo, los mangas exitosos también vuelven a reimprimirse en formato “wide-ban”, que vendría a ser una especie de tomo recopilatorio de tomos recopilatorios, reduciendo casi a la mitad la cantidad de volúmenes de una serie. Estos tomos gruesos a su vez pueden volver a imprimirse nuevamente en el formato “bunkoban”, con la misma cantidad de páginas pero en un tamaño de bolsillo (no más de 16 cm de alto).
Además de las múltiples ediciones que tenga una obra, también se puede saber cuál es exitosa gracias a los varios premios artísticos que se entregan año a año. Entre los más conocidos están el Tezuka Award, el Shogakukan Manga Award, el Kodansha Manga Award, y el Osamu Tezuka Culture Award. Pero la forma más básica, segura y real de ver el éxito son las cifras de venta de un manga y lo que cobre su autor.
El manga más vendido en toda la historia es, predeciblemente, Dragon Ball con 160 millones de tomos, incluyendo todas las ediciones especiales, que vendió de sus 42 números en Japón solamente. Se sabe que Akira Toriyama cobró alrededor de 500 dólares la página; lo cual si bien representa cerca de diez lucas verdes por capítulo, comparado a las ganancias que generaron los derechos de sus ideas —y de lo que él vio poco y nada como pasa usualmente— fue una bicoca.
Las editoriales no sólo ganan por un manga exitoso particular, sino que eso sube las ventas de las revistas de serialización y, por ende, del resto de los títulos que la forman. Por esta razón, también a los más populares se les suele pagar una “comisión de lealtad” extra por quedarse exclusivamente en una editorial (Rumiko Takahashi cobró 70 mil dólares en 1993 por quedarse en Shogakukan por ejemplo). El segundo en ventas es también el manga más largo de la historia: “Kochira Katsushikaku Kameari Koen Mae Hashutsujo”, o más fácil: “Kochikame”, con 151 tankoubons (¡y se sigue publicando!) y 140 millones de tomos vendidos. Le siguen One Piece (45 tomos, abierta) con 130 millones vendidos y Slam Dunk (31 tomos) con 120 millones. Pero las cifras engañan, es fácil ser el número dos en ventas si se tiene más del triple de tomos que el resto… Entonces, ¿quién es el verdadero capo de los capos? Dragon Ball y Slam Dunk quedan prácticamente empatados con 3,8 millones vendidos por tomo en promedio sólo en Japón… ¡Felicidades, Goku y Hanamichi!