Inútil Catastrofismo
Hace unos 10.000 años, el glaciar que cubría lo que hoy es Finlandia se derritió. Nació así esa tierra de bosques y lagos que es ahora. Por ese entonces, la humanidad influía en el medio ambiente prácticamente tan poco como cualquier otra especie. Y sin embargo la tierra se calentó y el glaciar se derritió. De la misma forma que el planeta ha pasado en su historia por periódicos calentamientos y enfriamientos.
Hoy día nos bombardean constantemente con teorías catastrofistas sobre cómo estamos modificando el clima del planeta. Bajo el lema de que por nuestra culpa la temperatura subirá, los polos se derretirán y la tierra se volverá inhabitable. Ciertamente, cuando se contrastan estos presagios apocalípticos con la historia del planeta se hace difícil no sentirse escéptico.
Lo preocupante de esa vocación al catastrofismo es que cuando la gente detecta esas exageraciones y se vuelve escéptica suele generar de rebote indiferencia hacia problemas cotidianos muy tangibles y muy reales. Si hablamos de ecología y cambio climático es bastante evidente cómo esa indiferencia se extiende a las consecuencias en nuestra salud de la contaminación que estamos generando. Algo que no es catastrofismo hipotético sino una realidad con la que convivimos. Una asqueante realidad en la que hemos olvidado que el cielo de ciudades como Buenos Aires, New York, São Paulo, Tokyo o Beijing no hace muchos años fue del mismo azul infinito que en la Patagonia o Islandia…
Para lanzar mensajes catastrofistas se parte siempre de la concepción de que la mayoría de la gente es pelotuda y sólo entenderá un problema si se lo ponés en un plano extremo símil a una vida o muerte.
Sin embargo, día a día hay más y más indicios de que el catastrofismo (que tanto aman también políticos argentinos, conductores de TV, periodistas aburridos, etc.) es por encima de todo un generador de indiferencia.
Hay quien dice que los seres humanos nos dividimos en apocalípticos e integrados. O sea, entre aquellos que desconfían de la sociedad en la que viven y constantemente presagian su fin; y aquellos que conviven pacíficamente en ella sin pensar demasiado en a dónde va. Ciertamente, ninguno de los dos extremos parece brillante. No cuestionarse el mundo que te rodea es un error. Nunca hay que dar nada completamente por válido. Pero a la hora de detectar problemas y querer convencer a la gente de solucionarlos; es vital ser coherente y no catastrofista si se quiere obtener un resultado de largo plazo. El viejo dicho de “se puede engañar a mucha gente por poco tiempo o a poca gente por mucho tiempo” sigue siendo igual de válido en nuestros días.
Leandro Oberto Editor