Nada está escrito en piedra
Una de las cosas que siempre me sorprende más de los seres humanos es nuestra capacidad para tratarnos de creernos que las cosas son eternas e inmutables. Aun cuando tenemos la historia refregándonos en la cara que las cosas son completamente al revés. Que la estabilidad es la excepción y no la regla.
Cuando el cambio llega, hay sólo unos momentos de sorpresa y luego se lo trata de asimilar como una consecuencia lógica y previsible de algo.
Se aplica a tantos ámbitos esto… En lo personal, echando un vistazo atrás veo de todo: Por ejemplo, recuerdo mujeres no queriendo arriesgarse en relaciones conmigo pensando que volvería con tal pareja que nunca volví. Recuerdo gente creyendo que nunca podría ser apartada de Ivrea no importa cuán mal hiciera las cosas. Me recuerdo a mí mismo pensando que mi equipo con mi amigo y socio Pablo -fallecido en 2005- seguiría hasta que nos jubiláramos.
En el mundo, echando un vistazo atrás veo otro tanto: Recuerdo gente hablando de un presidente negro en USA como una utopía. Recuerdo gente pensando que Argentina nunca tendría una democracia duradera y que otro golpe militar estaba a la vuelta de la esquina. Recuerdo la mitad de Europa bajo dominio comunista y a sus habitantes, a quienes se les prohibía salir de sus países, pensando que nunca serían libres de conocer el mundo. Recuerdo un Japón con una economía que andaba para atrás y sus habitantes prefiriendo poner una tintorería en Latinoamérica a seguir en su país que, a sus ojos, nunca saldría adelante…
Nada es eterno. Ni lo bueno ni lo malo.
Las cosas pueden durar si se pone el empeño, trabajo e ingenio suficiente. Pero por naturaleza todo tiende a ser muy efímero. Todo tiene una propensión a la desintegración. Si algo nos gusta realmente y queremos mantenerlo, no estaría de más tener siempre presente en nuestras mentes esta realidad.
Leandro Oberto Editor