Los falsos rebeldes
Siempre han existido, siempre existirán. Y probablemente haya uno latente en cada uno de nosotros, que de vez en cuando aparece.
La pregunta es simple: ¿cuán rebelde se es si en realidad estás básicamente “de acuerdo con el desacuerdo” de todo tu entorno más inmediato?
¿Ejemplos? Odiar a Bush cuando era presidente, ¿era realmente de rebelde o más bien del más recalcitrante conservadurismo y corrección política? Siendo argentino decir que “las Malvinas son argentinas” ¿es de rebelde o es más bien seguir el pensamiento único, general e incuestionable? ¿Hablar mierda de Tinelli es realmente de rebelde si en tu círculo de amigos no hay uno que se lo banque?
Sí, son ejemplos efectistas y polémicos, y no es lo que busco el debatir sobre ellos precisamente. Pero sirven para ir directo al punto: Demasiado seguido nos creemos “rebeldes de la sociedad” cuando a todas las luces estamos tomando el camino más fácil, que es acoplarnos a las ideas preestablecidas de nuestro entorno inmediato (lo que en el fondo más cuenta para todos). Armarnos nuestra propia opinión parece ser algo para lo que rara vez hay tiempo.
Y sin embargo, rebelde es tomarse ese tiempo, es ir a la raíz de las cosas. Saber los porqués, escuchar las dos campanas y posicionarse de un lado. Independientemente de lo que piense tu familia, pareja, grupo de amigos o compañeros de trabajo. Posicionarse con ideas claras que nos permitan defender con inteligencia esas creencias si debemos debatirlas con alguien que piense lo contrario.
Las ideas y su debate son lo que ha hecho evolucionar a la humanidad. Me asusta cómo constantemente hay una inercia a no defenderlas objetiva y pragmáticamente; sino a convertirlas en algo místico e incuestionable por las que prácticamente “hinchamos” como si fueran un equipo de fútbol.
Leandro Oberto Editor