La escencia de las empresas
En una reciente reunión de vendedores latinoamericanos de una de las imprentas más grandes del mundo se les preguntó a estos cuáles eran sus planes y estrategias de venta para este año.
Cada uno expuso sus supuestas ideas con las típicas frases de “apuntaré al mercado de la publicidad”, “encararé reforzar las ventas de productos de alta calidad”, etc., etc. Todo muy lindo hasta que uno dijo lisa y llanamente “¿Qué estrategia? Esto es cuestión de pasión y huevo. De meterle garra y lograr venderle a todo el que llama para pedir un presupuesto”. De allí en más las críticas y burlas le llovieron. Por supuesto, sus múltiples detractores no tomaron en cuenta un pequeño detalle: Era la opinión de la persona que mayor volumen de ventas había conseguido para la empresa durante 1999 en toda la región.
Hay una preocupante tendencia en la sociedad actual a creer que las empresas funcionan solas en base a sus estructuras complejas, perfectas y computarizadas. Que todo se reduce a políticas y estrategias globales donde quien tiene más dinero siempre va a ganar.
Hay una parte de verdad en todo eso, por supuesto, pero mucho más pequeña de lo que el inconsciente colectivo toma por cierto. La realidad es que hoy, al igual que siempre, el éxito o el fracaso de una empresa depende de personas, de individuos. De que estas no caguen a la compañía, de que sean capaces e ingeniosas y tengan ganas de usar su talento para experimentar.
El dinero y las estructuras consiguen abrir caminos y dar posibilidades más amplias, pero el triunfo definitivo de una empresa y su supervivencia a largo plazo nunca dejará de radicar en las manos de personas talentosas y con pasión por lo que hacen.