El vacío de uno mismo
En Editorial Ivrea estamos pasando en estos momentos por una etapa de paz, de tranquilidad, donde vemos los primeros síntomas de cierta estabilidad en una vida donde por años y años lo único constante fueron los cambios. Con la paz llega la reflexión, y con ella la necesidad de asimilar todo lo que viviste, todo lo que hiciste producto de reaccionar más que pensar y, sobretodo, el enorme precio que se pagó para llegar a este punto.
En busca de volver a escuchar un poco mi alma, mi yo interior, tras sacar Lazer #18 viajé solo hasta la Patagonia, el lugar donde siento que el ruido de la civilización se apaga y podés escucharte a vos, mismo de forma tan fuerte que te aterra. Mi búsqueda personal me llevó hasta Villa la Angostura…
Entre muchas otras cosas en esos días comprendí que los sueños en el fondo son algo peligroso y pueden matarte, ya que el precio de alcanzarlos suele ser irónicamente la pérdida de la capacidad de disfrutar aquello que anhelabas. Pero también recordé que para ser feliz hay que ser muy inteligente y cabeza dura (ser infeliz es siempre lo más fácil), y que era hora de volver a usar esas dos cualidades mías si era que las tenía realmente.
Pero para alcanzar la paz interior hay que mirar dentro de uno, y aceptar el gran vacío de la propia existencia… Renunciar a todos los automatismos y prejuicios que nos metió la sociedad en que nacimos, a todas las cosas de lo que nos hizo dependiente… Renunciar a todo ese ruido y contemplar el gran vacío de la propia existencia. En ese momento quizá por primera vez se pueda empezar a llenar.
Mentiría si digo que lo logré. Pero volví con la fuerza de intentarlo.