El submundo de Edu
Episodio 2: Carnavel toda la vida
En este mundo actual de alta tecnología y globalización, todavía se conserva un rito pagano tan ancestral como divertido: el culto al regordete y burlón Rey Momo, conocido internacionalmente como Carnaval (o Pepé-pepé-pepé…). Si bien tiene un origen pseudoreligioso, hoy en día es una atracción turística que, aparte de las caderas de las pasistas, mueve fortunas.
Todos los años se organizan varios carnavales emblemáticos como el de Venecia, el Mardi Gras de New Orleans (¡ese me dijeron que este año arrasó..! ¡Chan!) y, por supuesto, el de Río, o mais grande do mundo… En nuestro país, más allá de las pintorescas murgas barriales en Buenos Aires y otras provincias del interior, nuestra versión local más importante de este evento es, sin duda, el de Gualeguaychú.
Siempre listo para tocar el timbre
Justamente en la última edición de este famoso “carnaval del país”, fue que junto a mi querido colega y secuaz, don Marcelito Vicente, estuvimos en la primera fila del corsódromo disfrutando de las glamorosas comparsas y su colorido espectáculo (bah, mirando ortos que es para lo que fuimos…).
Realmente notables el laburo y la inversión puestas en la producción de las comparsas Kamarr, Papelitos y O’Bahia. Incluso las promotoras de las marcas que desfilaban ¡estaban un quilombo..! Muy destacable la morocha de Pago Fácil… (¡Y no me refiero a ningún personaje de la nota del número anterior, sino a la empresa de cobros! ¡Lluvia de Chanes!).
Más allá del clima festivo del corsódromo, algo muy curioso nos ocurrió en el entretiempo, cuando se me acerca una nena de unos 13 años y me empieza a tirar chamuyo… “¿De dónde sos…?” y bla bla bla… Yo automáticamente le respondo: “Todo bien, pero no quiero ir en cana.” Y no era para menos, ya que cada 10 metros había agentes custodiando la comparsa…
Encima la precoz niña no estaba sola… Su amiguita de 9 (!) años no se quedaba atrás… Mientras la de 13 llevaba la conversación hacia terrenos por demás inapropiados, como hablar de ropa interior femenina y besos de lengua, la de 9 directamente pasó al plano físico y empezó a acariciarme el pelo, la pierna…
El tío Marce y sus sobrinas La morocha de “Pago” Fácil
Ahí nomás le paré el carro, aunque no sabía cómo tratar el tema con alguien de tan tierna edad. Lo que atiné a decir fue “¡Portate bien..!” para que desistiera de su actitud… Por suerte aflojó antes de que una vieja que estaba cerca nuestro mirando con cara de sospecha llamara al fiscal de turno… Para colmo, en medio de esta inusual escena, aparece uno que vendía souvenirs en el corso y señalando a Marce dice “¡Vos sos Marcelo Vicente, el de Lazer!” Entre carcajadas, le dije “¡Jeh, te reconocieron!” y el flaco arroja “¡Y vos sos Eduardo Di Costa!” Uuuh… mirá dónde venimos a encontrar un lector de la revista… y en qué circunstancias… La noche se había tornado por demás bizarra… A la salida del corso, Marce todavía estaba un poco paranoico y yo trataba de calmarlo recordándole que nosotros no habíamos hecho absolutamente nada de nada excepto charlar, y que no había motivo para alarmarse. De todos modos era difícil no empezar a imaginarse el título “PEDOFILIA CARNAVALERA EN GUALESGUAYCHÚ” en los diarios locales del día siguiente…
Afortunadamente salimos ilesos y con nuestro prontuario intacto, pudiendo continuar con nuestro finde en Entre Ríos, donde, por cierto, es increíble el porcentaje “a favor” que se ve en todos lados: ¡al fin un lugar en este país plagado de huevos donde la mayoría son mujeres..! (¡Cada vez tengo más ganas de hacer un tour Mesopotamia argentina-Paraguay… ¡Espérenme, chicas, que ya voy a ir para allá!). Bueno, me despido hasta la próxima tirando serpentinas y papel picado. Y recuerden: si yo les digo que es carnaval, ¡aprieten el pomo!
Edu*
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