Maradona salve al rey


Por Ricardo Perez 13 min de lectura

1 Smell the Blood of an English Man

Marco Victoria imagina en su novela “Buenos Ayres City” un paradójico futuro basado en cuál hubiera sido el futuro de estas tierras si las invasiones inglesas hubieran triunfado. Y es que poco faltó para que los criollos se transformaran en british citizens… aún menos de lo que se cree. Los textos que se estudian en el primario sobre aquellos hechos, más novelísticos que históricos, nos hablan de una avasalladora defensa de la milicia ciudadana, que peleó calle por calle contra el invasor… “Que este éxito inesperado les haya inflado la imaginación, era inevitable. Podría llenar páginas con las anécdotas que he oído de Beresford, pero es un tema que no me atrae”. Tal la cita que se lee en “Five Years in Buenos Aires”, un libro documental atribuido a Thomas Love, fundador del diario argentino “The British Packet”.

Durante la primera invasión, en junio de 1806, el general William Beresford anunció que la política británica para sus colonias reconocería el derecho de propiedad y libertad de comercio internacional, reduciendo las cargas aduaneras y liberando a los comerciantes del monopolio español. Historias apócrifas cuentan que, durante los casi 2 meses que Baires fue británica, los restaurantes publicaban su menú en inglés y existía una “silenciosa” aceptación popular. Se apoya además en los dichos de Beresford a su regreso en Inglaterra, donde aseguró que los criollos eran “personas amables”.

No es difícil entonces suponer que ni remotamente todos los ciudadanos estuvieron en favor de defender los intereses de España (recordemos que Argentina aún no existía). Liniers y Álzaga, hombres de alta relación política y comercial con el poder peninsular, llegarían entonces desde Montevideo para realizar una contraofensiva “triunfadora” de la cual existen pocas pruebas y mucho de chamuyo, siendo el más famoso el de los vecinos tirando aceite caliente desde las terrazas; un ataque que hubiera sido inútil con la urbanización que tenía Buenos Aires (y eso ignorando que el aceite tenía precios terroríficos). Cuando Inglaterra vuelve a intentarlo en 1807, el General Whitelocke invade con éxito la ciudad tras vencer a las tropas de Liniers sin problemas. Ya no había defensa. El por qué de su inexplicable rendición apenas 7 días después, contando con una flota de 80 buques y 11.000 hombres, sigue siendo un misterio. A su regreso y enfrentado a una corte marcial, Whitelocke aseguró que no bombardeó Buenos Aires porque eso “hubiera afectado la vida de sus habitantes”. Que un general en combate razone semejante cosa es rarísimo, sino ridículo.

No se trata de descalificar lo que se conoce como La Reconquista y La Defensa de la ciudad, hechos que abrieron el camino de la Independencia, sino de mostrar que exhiben varios agujeros que aún hoy motivan dudas en los historiadores. El tema pasa por la influencia e intereses británicos en el territorio: cuando Beresford es derrotado y lo meten en cana en Luján, asegura que su plan es mucho más grande de lo que imaginan y tenía su base en la total liberación de Hispanoamérica (lo cual motiva que Rodríguez Peña lo ayude a escapar). Hace aquí aparición el poco conocido “Maitland Plan”, la gran conspiración inglesa contra los españoles. Desarrollado por Nicholas Vansittart, proponía que una fuerza expedicionaria tomara Venezuela para luego movilizarse hacia Perú. Otra armada capturaría Buenos Aires, se trasladaría a Mendoza (instalando la capital del Imperio Sudamericano), y desde ahí cruzaría Los Andes para liberar Chile. Ambas fuerzas se reunirían en Lima, donde termina la conquista. Si lo comparamos con la campaña que luego realizaría San Martín (quien vivió un tiempo en Londres y fue oficial del propio Beresford durante la batalla de Albuera), es indudable que el Maitland Plan fue la base utilizada por el Libertador… aunque sean palabras que nunca se escuchan en una señorita de sexto grado. Hoy día, Argentina sigue siendo el país con mayor cantidad de población británica fuera de sus colonias.

El Misterio de los Incas

•Se dice que el 10 de julio de 1816, para celebrar la Independencia, se armó fiesta en Tucumán y se eligió una reina entre las mujeres presentes: la hermosa Lucía Aráoz, conocida luego como “la rubia de la patria”. Lo que pocos sabían es que, detrás de aquella coronación pagana, existía la firme creencia de que el destino del recién nacido estado debía estar regido por alguien de “sangre azul”.

Siendo la mayoría de los integrantes del Congreso de Tucumán de ideas monárquicas, y considerándose el sistema republicano prematuro y poco conveniente, la idea más obvia era copiar a Europa y buscarse un rey: después de todo, Suiza era el único país que no tenía realeza. Hacen aquí aparición las “Sesiones Secretas del Congreso de Tucumán”, un volumen que permaneció “escondido” hasta 1926, cuando fueron publicados por la Junta Nacional de Historia y Numismática. De aquellas sesiones, la más interesante fue la del 6 de julio, donde se entrevistó a Manuel Belgrano recién llegado de su misión en Europa para “tantear” las posibles reacciones de nuestra independencia. Y fue ahí donde Don Manuel propuso fijar la capital de las Provincias Unidas de Sudamérica en Cuzco y llamar al trono a un descendiente de los Incas, siendo esta civilización la más justa de la historia de la humanidad, la única que sació el hambre de todos sus miembros, atendiendo a ancianos, huérfanos, viudas e inválidos. Era además “devolver” la tierra a sus antiguos ocupantes y unirlos en contra del invasor europeo. No constituía ninguna boludez: de los 2,5 millones de habitantes que había por entonces desde Córdoba a Lima, la amplia mayoría eran indígenas. San Martín, que era republicano pero pensaba que la situación requería un poder centralizado, coincidió con las ideas de Belgrano, pero muchos congresistas, en especial los porteños acaudalados, no estaban dispuestos a tener -como luego escribiría Bartolomé Mitre- “un rey en ojotas y patas sucias”.

Por más loco que suene, la medida fue aprobada por aclamación el 31 de julio y se decidió que la futura Monarquía Inca fuera hereditaria y constitucional, con una cámara vitalicia de caciques de varias tribus y otra de diputados criollos electos. La intención de unir a los indígenas en el proyecto de Estado prosperó hasta que el Congreso se trasladó a Buenos Aires en 1818, donde la oligarquía se encargó de tomar el control y darle punto final. De aquel anhelo de los próceres se pasaría a la “limpieza racial” de la Campaña del Desierto en apenas 60 años. Sin dudas, los criollos y los indios habían cambiado mucho…

De aquella increíble historia quedan las Actas del 9 de julio traducidas a lengua quechua, aymará y guaraní, en un intento por acercarse a cada hombre que habitaba nuestro suelo. Y mucho más notoriamente, el sol incaico propuesto por el diputado Chorroarín, que flamea día a día en nuestra bandera con cara de póker, como para disimular que el rey nunca llegó.

Mi Reino por un Europeo

•Obviamente, la cara de los porteños cambiaba si se hablaba de un monarca culto y refinado de las Europas; lo mismo daba si eso significaba vender la independencia por cambiar de amo. Juan Martín de Pueyrredón, quien no congeniaba del todo con Belgrano, fue designado Director Supremo del Congreso el 3 de mayo de 1816. Una de sus primeras medidas fue enviar una misión a Brasil para ofrecerle al Rey de Portugal el protectorado del Río de la Plata, asociando la Casa de Braganza (dinastía portuguesa) con el heredero de los Incas. La idea, demasiado complicada, no tuvo aceptación.


Hacia finales de 1818, el Rey Fernando VII de España preparaba una reconquista, por lo que Pueyrredón decide iniciar negociaciones con Francia, que al año siguiente envía un diplomático que propone para el trono a Luis Felipe, Duque de Orleans y sobrino del Rey de Francia. Sin embargo, esta candidatura no fue aceptada por la corte francesa, que en cambio propuso a Carlos Borbón, Duque de Luca, un italiano emparentado con Francia y que, por ser sobrino de Fernando VII, podría obtener su reconocimiento. Los más vivos de la corte pensaban que luego se lo podría casar con una princesa portuguesa para recuperar la Banda Oriental (hoy Uruguay) y, por qué no, formar un vasto imperio junto con Brasil.

Carlos Borbón miraba y no entendía nada: apenas era un pendejito de 12 años… Mientras tanto, Rivadavia viajaba a Londres en busca de un protectorado inglés, tal como era el deseo de Carlos de Alvear, miembro de la Logia Lautaro y compañero de San Martín. Aunque el Congreso ya tenía aprobado aceptar un príncipe de la Casa de Braganza, quien más cerca estuvo de llegar al trono del país fue el Duque de Luca. Y así hubiera sido de no ser porque los caudillos del litoral, comandados por Artigas (que dominaba casi la mitad del territorio nacional), tildaron a los monarquistas de traidores a la Patria. Esto hizo que Pueyrredón renuncie a su cargo y sea reemplazado por Rondeau, quien no hizo más que calentar a Artigas más y más hasta levantarlo en armas. Finalmente, Rondeau es vencido y se disuelve el Congreso, comenzando a partir de 1820 un período de anarquía y guerra civil donde los “monárquicos” mutaron en “unitarios” y los “republicanos” en “federales”. Por cierto, hasta 1853, año en que se jura la Constitución por primera vez, aún no se había establecido que la República era nuestra forma de gobierno.

Orélie I y el Reino de Araucanía

Cuando hablamos del proyecto de monarquía incaica, dejamos de lado el hecho de que los Incas nunca estuvieron en nuestro territorio. Y es que era jodidísimo invadir al pueblo mapuche, que se bancó el embate incaico y luego el español durante siglos, mientras dominaban, a su vez, a muchas otras tribus argentinas (como los Pampas, los Puelches o los Huarpes). De seguro que ellos no hubieran aguantado un rey inca… más que nada, porque ya tenían el suyo. Esta historia es fascinante, y aunque sus aventuras fueron escritas por él mismo y son imprecisas, Orélie Antoine de Tounens se merece un párrafo aparte en la historia de estas pampas. No se sabe bien cómo ni por qué, algunos aseguran que ya tenía todo planeado antes de su viaje, pero este francés llegó a Chile en agosto de 1858 y, tras girar varios meses por sus ciudades, decidió meterse por su cuenta en el indómito territorio mapuche. Terminará viviendo de garrón con una tribu, aprendiendo su idioma y costumbres, hasta que el 17 de noviembre de 1860 convence a los caciques de instaurar una monarquía y nombrarlo rey. Un mes después redacta la Constitución y nombra un gabinete de gobierno: nace así el Reino de la Araucanía y Patagonia. Sonará chistoso, pero por aquella época, esos territorios no estaban bajo control ni chileno ni argentino. Es más, el reino tenía sustento en el Tratado de Quillén, firmado en enero de 1641, según el cual los españoles estaban en paz con los mapuches y reconocían su territorio. Incluso el Rey de España lo ratificó en abril de 1643. Si tomáramos estos datos como eje, podríamos decir incluso que la Nación Mapuche fue el primer pueblo independizado de la historia.

Antoine, rebautizado Orélie I, estaba seguro de poder negociar con el estado chileno, por lo cual dirigió una carta a la Cámara de Diputados de la cual sólo recibió burlas. Si era tan ridículo, no se explica entonces cómo es que fue declarado enemigo público y se puso precio a su cabeza… Sería, seguramente, porque contaba con un ejército de 30.000 hombres que podía armar flor de quilombo apenas se organizara.

Cornelio Saavedra recibió entonces la orden de secuestrarlo, cosa que efectivamente logró en febrero de 1862. Lo mandaron a un manicomio, aunque los médicos aseguraron que Orélie estaba en su sano juicio y era capaz de reconocer todos sus actos. Nueve meses y medio después, el cónsul francés en Chile logra mandarlo de vuelta para Francia, donde redacta cartas para diarios y políticos, quienes se le cagan de risa. Seis años después se cansa de que lo tomen de boludo y se vuelve para Araucanía, donde encuentra a su pueblo diezmado por las campañas de “pacificación” de Saavedra. A pesar de ello logra reagrupar fuerzas y le declara abiertamente la guerra a Chile en 1870. Durante dos años lidera batallas hasta que en 1872 regresa a Francia en busca de un apoyo que nunca logró. Enfermo y pobre, muere en septiembre de ese mismo año a los 52 años. Su cuerpo fue a parar a una fosa común, pero muchos años después, el municipio de su pueblo le construyó una tumba acorde a su condición real. Un detalle interesante es que éste fue un tema estrictamente chileno: Argentina no participó en su persecución (no le dieron bola directamente).

Como Orélie I no tuvo hijos, sus asesores siguieron la línea hereditaria. Actualmente, el trono es ocupado por Philippe I, quien sigue asegurando que deberían ofrecer una autonomía cultural a los Mapuches, así como España lo hace con Cataluña o el País Vasco. En Francia, por cierto, Philippe I tiene categoría de Alteza Real. Hoy en día los Mapuches siguen luchando por su autonomía.

En www.mapuche-nation.org exponen su caso y denuncian las persecuciones de las que son objeto, siendo la más importante actualmente la de Aucán Huilcamán, el líder del Consejo de Todas las Tierras, a quien le fue negado el derecho a presentarse a las próximas elecciones presidenciales chilenas a pesar de haber reunido las 35.000 firmas necesarias. El Parlamento Europeo, por cierto, envió una carta en su apoyo.

¿Y el Trono quedó… vacante?!

Como no queríamos que la historia termine así, nos pusimos a buscar sangre azul entre nuestros compatriotas y a armar futuros paralelos. ¡De rodillas, plebeyo!

  • Emperador Maradona Conocido como “el Mejor Rey del Mundo”, cosa que disgusta a O Rei Pelé de Brasil. Amenaza al Papa con expulsarlo de este sistema solar si no reconoce su autoridad. A su muerte se presentan 7 niños de diferentes nacionalidades reclamando el trono.

  • Princesa Luciana la Grande Amada por los súbditos varones, las arcas reales crecen en cada uno de sus viajes de negocios. Se casa con el Príncipe Carlos de Inglaterra y recupera Malvinas sin problemas. Fallece con 30 años. Se la embalsama y se la coloca desnuda en Plaza de Mayo.

  • Conde Guille de la Franchella Siempre grita a las niñas del Reino “¡te quieroooo!”. Su gabinete es conocido como “Brigada Z”. Nombra el 18 de junio “Día de A Comerla”, imponiendo una nueva costumbre entre secretarias y jefes. Racing es elevado a Selección Real y no gana por 30 años.

  • Reina La Susana VI El animal nacional es el dinosaurio (¿vivo?). Tras expulsar como 6 reyes de Palacio, temen que a su muerte herede Jazmín. Estalla una guerra civil que dura 200 años, tras lo cual se nombra Rey a un Susano, que se casa con otro Susano y son felices para siempre.

  • Kaiser Charly II En la ONU, Charly II tira el escritorio, patea los mástiles, grita Say No More y le muestra el tujes al Papa. Luego regresa a pintarrajear Palacio y salta a la pileta desde la torre. Muere. En su velatorio, Lord Pipo Cipollati procede a fumarse sus cenizas, según protocolo.

  • Virrey Alberto de Rosario Carismático y divertido, su gabinete de mujeres es la envidia del reino. Porcel es su Ministro de Defensa. Muere al resbalar desde el campanario de Palacio. En su lápida se lee “se nos cayó un ídolo”. Fito Páez, cual Elton John con Lady D, toca en su honor.

  • Princesa de La Pampita Los diarios suelen publicar fotos de la princesa de espaldas (después de todo, solamente es princesa de culo). Debido a esto desarrolla histeria y cae en coma. 5 años después se la coloca comatosa junto a Luciana la Grande. Miles de turistas vienen a verlas. Miles.

  • Sandro, Rey de América Llegado a edad mayor, muda Palacio a la Clínica Suizo Argentina. Le construyen un tubo de oxígeno de oro que le hace juego con la corona. Reemplaza el sol de la bandera por una bombacha beige. Muere en bata, rodeado de cincuentonas, a la edad de 134 años.