Off Topic

Charlas de cerveza


Por Leandro Oberto 11 min de lectura

BAR DES ALPES, era el atardecer calmo de un día vulgar de otoño.

Los chopps gigantes de Des Alpes eran la única excusa (pero muy buena, eso sí) que teníamos los pocos muchachos que nos sentamos en torno a la mesa para terminar la charla sobre el mejor peso gastado en la vida. Aún meditaba si realmente la gente se había avivado de que esto pretende ser un correo de lectores y que su participación era fundamental (¡escriban, ratones!).

Por suerte, siempre hay almas memoriosas que se toman unos segundos para pensar al respecto del debate planteado: Santiago cortó mis reflexiones y tomó la palabra…

TOPIC 35-01

Era San Antonio de Areco. Andaba de viaje por ahí y me invitan a una fiesta, en la cual hicimos una vaquita para comprar la ronda típica de alcohol. Más tarde y con un pedalín bastante generoso, termina la fiesta… ¿qué hago ahora, a las 4:56 AM? Paso por un cyber y busco en mis bolsillos. Encuentro un peso, me mando y entre páginas y páginas encuentro el MSN de una chica que tiene los mismos gustos que yo. La agrego y al toque la mina se conecta. Entre charlas hice una amistad que no voy a olvidar nunca, todo gracias a ese peso gastado.

Santiago Tamoni - Bs. As.

OFFTOPIC

INVESTIGA

VIVIR CON CARA DE BOLUDO

[Colaboración de la Asociación de Boludos Públicos]

Inevitablemente, esta historia me hace acordar a una chica llamada Sol que conocí una vuelta en una sala de chat, vaya uno a saber por dónde. La cosa es que pegamos onda y nos hicimos “novios virtuales”, por decirlo así. Nos maileábamos seguido, siempre contándonos sobre nuestras vidas adolescentes, aunque no faltaban los “te quiero” y demás expresiones cursis en fuente Arial. La cosa es que algún berretín electrónico me hizo perder mi lista de contactos y así Sol se perdió en el ciberespacio, pasando a ser otro cibernauta que espera ser encontrado. Mentiría si digo que nunca intenté ser yo el que volviera a encontrarla, aunque mentiría aún más si digo que nunca imaginé que ella también me estaba buscando, aunque yo lo ignorara.

Acá Coco me interrumpe para decir que él tiene 43 novias virtuales y otras 5 candidatas a serlo, siendo que el noviazgo virtual no se rige por las leyes del contacto y por lo tanto la monogamia no es obligatoria; cosa que igual no evitaría un ataque de celos por parte de su novia real, claro, si se enterara.

Daniel apura un trago y combina noviazgo y monedas, volviendo al tema…

TOPIC 35-02

Bueno, me uno al debate… Mi mejor peso jamás gastado; ¡por Dios, qué buena pregunta, tan compleja y tan simple! Entre todas mis historias (que son tantas como las del viejo Vizcacha), podría elegir la del “peso de la rockola”, allá por el ‘95. Cursando el tercero de la secundaria se me da por ratearme con unos amigos (turno tarde, el mejor lejos), para irnos a pasear a la peatonal correntina.

Yo, en mi mejor estado desértico (o sea, súper seco), meto la mano en la mochila para sacar los fasos y… ¡tarán! ¡Un sope entero! ¡Era tan lindo! Pero la felicidad duró poco, ya que mi mente se debatía en qué hacer con él: volver en bondi, comprar más fasos (¡valían $1 los de 10!), tirarme unas fichas en los jueguitos del centro… ¡clin clin clin clin! ¡Tenemos un ganador! Me mandé y me dieron 4 fichas (¡waaah loco, un montón!). Me fui a la rockola a poner música, total iba a durar más que en los fichines. Llego a ver qué había y… ¡tarán! Ahí estaba Cinthia Verónica Ledezma (¡qué yegua, Dios!), la ex de un amigo. La saludo, me saluda, me mira, la miro, me jetea las fichas… y le digo “tomá, elegí la canción que quieras, pero quedate y conversá conmigo hasta que termina el tema”. “Esa era la idea” me dice, y ahí, charla de por medio, me dijo que ella siempre tuvo onda conmigo y que yo no me daba cuenta (y bueh, tenía 15 nomás), y que si quería salir a caminar después de que termine el tema. Y así comenzó una de mis primeras relaciones, que duró más de una semana, de esas que te marcan un poco tu forma de ser para el resto de tus relaciones amorosas.

Daniel Batista - Corrientes.

Las últimas palabras de Daniel parecen calar en la siempre alerta memoria de Erwin. Pidió que le llene su vaso (en realidad, él suele decirme que mi misión en este mundo es mantener su copa llena). Tal vez quería callarse, pero el recuerdo le apuró el trago y lo alcanzó justo cuando dejaba su vaso en la mesa, con el discurso ya preparado. Era hora de cambiar de tema…

Las relaciones amorosas son siempre buen tema y en este caso llegaban por turnos a la mesa. Cuando nos quisimos dar cuenta, las primeras novias se hicieron presentes.

ABRIENDO EL DEBATE:

HISTORIA DEL PRIMER NOVIAZGO

Erwin nunca elude su memoria una vez que se le ha sugerido un tema. Se podría decir incluso que la memoria es su eterna compañera y que Erwin está siempre recordando. Como sea, su primer noviazgo se planteó en una desagradable conspiración que había ubicado a la chica amada del otro lado del Río de la Plata. Allá, en las lejanas costas de Montevideo, estaba la dueña de sus latidos. Erwin lo cruzó más de una vez, e incluso logró por medios nobles que ella hiciera lo mismo. Pero los presentes ya sabíamos cómo había acabado esta historia, así que Coco le evitó la molestia de continuar y contó la suya.

Tendría unos 12 años, y entre las niñas estaba Gisela, una rubiecita pequeña e inocente que lo miraba con disimulo. Una mañana de domingo al fin los encontró solos en las escaleras del Grupo, lejos de las miradas burlonas de la pendejada. Ella estaba sentada, sonrojada por el silencio. Coco estaba parado ahí al ladito y se rascaba la pierna, pensando palabras corteses. Al final decidió dejarse de elegancias e ir directamente al grano: “¿querés ser mi novia?”, le preguntó decidido. “Sí”, dijo Gise en tono bajo pero claro. Coco respondió con un “bueno”, como para afirmar el pacto que acababa de sellarse, y se fue corriendo a contárselo a los pibes. Después… nada. Nunca se besaron ni nunca cortaron. Por lo tanto, podríamos decir que aún salen sin saberlo y sin que lo sepan sus actuales parejas (y las 43 novias virtuales de Coco, claro). Pero rápidamente despejamos dudas diciendo que no: se volvieron a ver unos 6 años después y resultó que Gisela ya no era ni tan niña ni tan inocente ni tan pequeña: así lo evidenciaba su notoria delantera y sus proposiciones puercas. Coco no recuerda más detalles ahora, así que mejor dejemos ese reencuentro de lado…

Jorge es animado para que cuente su experiencia. Pues bien, ahí estaba entonces Roxana. Era una joven dulce y cariñosa, cosa que hacía notoria coincidencia con su voz.


Imagen con texto: “Gracias por no escupirme hoy, jefe”

Imagen con texto: “¿Entonces la cámara sí es necesaria, señor doctor?”

Imagen con texto: “¡Kyaaa! ¡No, mi cara no! ¡Abrazame, Sergiooo!”

Imagen con texto: “Ya van a ver todos cuando me devuelvan la mochila…”

Imagen con texto: “Dale linda, vamos a casa… copate con el proyecto… Estaban en su casa y a Ro se le escapó su perrito negro. Salieron por las calles a buscarlo juntos, y esa misma tarde su amor también quedó perdido entre las calles de Monte Castro. Cuando uno es pibe aún no reconoce bien ciertos sentimientos. Jorge se limitó a callar ante este corte sorpresivo y nunca regresó a golpear su puerta, mas no sea para ver si el perrito, al menos, sí había aparecido.

Todos le habíamos conocido a César, al menos, una docena de novias. ¿Cuál habría sido entonces la primera? César medita unos segundos y luego dice no estar seguro: tal vez prometió fidelidad a alguna jovencita en sus años de primaria y no lo recuerde. Como sea, asegura estar en condiciones de contarnos con lujo de detalles, si así lo deseamos, su último amorío con una mina que conoció la otra noche, mientras nosotros hablábamos pavadas sobre pesos gastados.

Danilo encaja una carcajada de burla sobre las múltiples aventuras de César y se dispone a hablar de su primera novia. Su boca pronuncia el nombre de aquella, y luego, se queda muda. Me pareció verle una lágrima traicionera asomándose entre pestañas. Para un amigo, el más pequeño síntoma es suficiente: salí en su defensa diciendo que me perdone, pero era mi turno…

Cometo tal vez el error de recordar nombre y apellido de la mayoría de las chicas con las que estuve (ergo, algunas ni eso se merecen). Ella se llamaba Carla Crescenciano y era compañera del secu de mi mejor amiga. Recuerdo rateadas memorables con El Negro Gargiulo, las cuales culminaban yendo a la puerta de La Candelaria a buscar a mi amiga y, de paso, fichar a sus compañeritas. Carla ya había llamado mi atención y cualquier excusa para asomarme a sus ojos era valedera.

Tal cosquilleo inusual me llevó a indagar a mi amiga con respecto a Carla. Ella indicó de manera confidente que en un reciente pijama party había saltado la ficha y Carla fue deschavada sin piedad: yo le gustaba y el camino estaba libre.

Sucedió en un otoño como éste, en un domingo igual de vulgar, con la única diferencia de que garuaba. Moría la tarde y yo sabía que antes de que termine ese día, Carla sería mi novia. La encaré sin demasiadas vueltas y le pedí que me acompañe a la esquina. Ahí pronuncié un discurso más bien patético sobre cuán atraído me sentía por el desliz suave de sus labios cuando sonreía al verme, el baile juvenil de su pollera al bajar alegre por las escalinatas del colegio, el perfume fresco que algún duende distraído extravió en un rincón de su pelo y las ganas que tenía de contar cada una de sus pecas con el roce apausado de mi nariz; razones que me conducían a comunicarle mis intenciones de declararla mi novia a la brevedad.

Ella aceptó, y ahí nomás, mientras se prendían los focos de la esquina de Rafaela y Lacarra, Carla dejó de ser “una amiga de una amiga” y me besó, sin más detalles.

Nos habremos visto una o dos veces después, y era lindo. Como detalle, siempre me colocaba a su derecha, ya que Car era sorda del oído izquierdo. Recuerdo que la acompañaba hasta la puerta de su casa y ahí colgaba mis suspiros de jovencito, para que ella los encontrara cuando volviera a cruzar la puerta para darle a la calle el placer de sus pasos.

Pero una llamada letal, aquella que aconteció apenas 6 días después, me dejó sin aliento. Antes olvidé comentar que, además de mi amiga y Carla, había una tercera niña en el grupo. El compromiso de aquella amistad se volvió en mi contra y Carla me dijo que esta tercera amiga también estaba enganchada conmigo y que ya no quería seguir peleada con ella a cambio de nuestro romance. Dejó un silencio ahí, sin afirmar que lo mejor era que cortemos. Prefirió que esas palabras las dijera yo. Esa misma tarde volví a la merecida soltería de un pibe de 15 años y dejé que los recuerdos de Carla me siguieran el tranco.

Deberé decir que me alcanzaron un año y pico después y que probamos unas citas medio aburridas que no me permitieron la valentía de aquel pronunciamiento anterior. Y una mañana de verano, tras una charla sencilla, Carla y yo nos perdimos para siempre. Un beso que nunca se dio aún espera en un banco de la Plaza Vélez Sársfield, y tal vez esté bien así. El Hada de los Besos Perdidos guarde aquella timidez inocente que nos permita encontrar mejores labios algún día.

Ah, sí… la última vez que la vi fue en su fiesta de egresados, mucho tiempo después, y aún estaba linda. La miré de lejos, mientras se besaba con algún pibe de lo más común. Coco me interrumpe diciendo que fue conmigo a esa fiesta y que fue ahí donde volvió a ver a Gisela. Y que esa noche se le tiró encima a César. El otro se ríe y la charla se dilata. La camarera, muy bonita por cierto, se acerca y dice que están por cerrar. Mientras nos abrigamos, Erwin saca un peso y lo deja de propina en la mesa. La camarera le sonríe. Dos minutos después, Erwin sale del bar exhibiendo orgulloso un papelito con un número de teléfono. “¡El mejor peso que me gasté en mi vida!” nos dice, y tiene razón.

Quién sabe… tal vez, el Hada de los Besos Perdidos andaba cerca. Por las dudas, decidimos ir a otro bar, en caso de que también guardara sorpresas para el resto de nosotros. ¡Mozo, otra ronda!

RICARDO “TATI” PÉREZ